lunes, 25 de agosto de 2008

Logros indispensables para los estudiantes del Siglo XXI

Tanto en el trabajo, en la profesión, como en la vida diaria, en ocasiones tenemos que enfrentar problemas que parecen no tener solución. Sin embargo, la mayoría de las veces estas dificultades son más aparentes que reales. El hombre por naturaleza es un ser inteligente y sólo necesita aprender a utilizar las herramientas de raciocinio para encontrar novedosas formas de abordar cada reto. Esto no es nuevo … así es como la humanidad ha avanzado.

¿Por qué entonces, resulta importante resaltar la importancia de que los estudiantes de hoy alcancen logros en el área de las matemáticas a través del desarrollo de las competencias de pensamiento crítico y solución de problemas así como en aquellas de creatividad e innovación?

Creo que uno de los peligros que las futuras generaciones tendrán que enfrentar es el de la deshumanización. En la actualidad, dada la facilidad de utilizar medios electrónicos para resolver un sinnúmero de problemas, pudiéramos pensar que ya no es menester insistir en aquellos ejercicios del intelecto que nos permiten encontrar novedosas respuestas a situaciones problemáticas, pues cualquier computadora lo hace más rápido y mejor. Pero la máquina por sí sola no hace nada, sino que necesita de la manipulación inteligente para que pueda ser útil.

En nuestras aulas, el número de alumnos que destacan en el campo de las matemáticas es muy limitado, dado a prejuicios absurdos que proclaman que para destacar en esta disciplina es necesario haber nacido con una capacidad especial. Cualquiera entiende que un músculo que no se usa, se atrofia. La práctica de las matemáticas ejercita el uso de la razón, del sentido lógico y del recto pensamiento. Por eso, no puede quedar tan solo en un campo de utilidad material, sino que es imperante que este uso del pensamiento pertinente y lógico se transfiera a otras esferas de la vida común: a las ciencias, al arte, a las relaciones humanas, a la ética y a la cultura en general.

domingo, 17 de agosto de 2008

La Compleja Experiencia de Enseñar Matemáticas

Por : Juan Manuel Osorio Fernandez
Olivia Valdez Castellanos

La tarea de enseñar matemáticas nunca ha sido sencilla. Aún en la actualidad hay quienes piensan que para aprender matemáticas se necesita tener un talento especial que muy pocos poseen. Esta idea también es compartida por docentes del área, que la mayoría de las veces centran su labor en “enseñar“ al pequeño grupito de privilegiados que tiene en el aula considerando que los demás están fuera de su responsabilidad. Tal vez esto pueda explicar un poco el hecho de que a pesar de todos los recursos y herramientas didácticas disponibles, en México el aprovechamiento de nuestros adolescentes (según los resultados de la prueba Pisa “OCDE”) no son satisfactorias, pues como se ha dicho en tantos medios, somos un país de reprobados: en matemáticas al igual que en lecto-escritura, ocupando el último lugar de un total de 30 países donde el Examen Pisa fue aplicado a estudiantes de nivel secundaria y preparatoria.

La problemática que enfrentamos los profesores de nivel bachillerato cuando iniciamos un curso de matemáticas con alumnos de primer semestre, es muy compleja: alumnos con muy diferentes niveles de habilidades y actitudes hacia la materia, grupos demasiado grandes (más de 50 alumnos por grupo), programas de estudio sobrecargados de contenidos con horas de clase insuficientes para el logro de estos, escasas horas de apoyo para asesorías, la edad y las actitudes propias de los adolescentes, etc. Ante tal situación, la posición pre-filosófica y epistemológica del docente es crucial en el proceso de las experiencias de enseñanza-aprendizaje que se vivan en el aula. La escasa formación docente obliga al profesor a reproducir su experiencia como alumno, con consecuencias nefastas

Si bien la mayoría de los docentes del área de las matemáticas dominan la materia, no sucede lo mismo en cuanto a la comprensión epistemológica de la misma. De ahí la importancia de la formación teórica (no disciplinaria) del maestro. En principio, estamos de acuerdo que las matemáticas son un lenguaje, pero como lenguaje subyacen tras ellas una compleja red de formas de comunicación que los profesores hemos estado descuidando: desde el propósito del lenguaje oral espontáneo, como estímulo al desarrollo del pensamiento, como medio socializador tanto entre las personas como con la propia materia de conocimiento, pasando por su función ontológica que permite la aceptación de las distintas características de conciencia y conocimiento entre diferentes individuos, hasta llegar al discurso egocéntrico interno, ese que cada uno dirige para sí mismo, fundamental en el acomodo organizacional de las propias acciones, incluyendo las intelectuales. Encontramos que hoy el discurso de la enseñanza de las matemáticas está centrado en que la docencia debe propiciar un ambiente de trabajo y reflexión grupal, con intencionalidad del logro de competencias en el joven en formación. Si aceptamos la idea que las matemáticas son para todos, entonces debemos contemplar las conexiones y vínculos que tienen con los diferentes campos del conocimiento, sin menospreciar metodologías.

Sin duda que enseñar matemáticas hace 50 o 40 o 30 años el reto era mayor. Hoy puede ser mucho más fácil y hasta divertido. Por una parte, se requiere que la enseñanza de las matemáticas tenga un nuevo enfoque, donde se manifieste su carácter integrador, que promueva el desarrollo de las capacidades intelectuales y de razonamiento de los bachilleres a través de sus propios métodos disciplinarios, facultando al alumno para utilizarlos como herramienta en otras áreas científicas, tecnológicas o socioculturales. Por otra, existe una imperiosa necesidad del adecuado manejo de información tanto para aprender como para enseñar matemáticas: con el boom del uso del Internet, las computadoras, inclusive las calculadoras, su comprensión puede ser más interesante, novedosa y práctica. El uso y aplicación de las nuevas tecnologías dentro del salón de clases hace posible el acceso a información que en otros tiempos pudo haber parecido imposible de estar al alcance de un adolescente. En la red encontramos artículos interesantes, abordando temas desde como enseñar matemáticas elementales hasta complejas, cursos disponibles por Internet de cómo enseñar a realizar operaciones aritméticas elementales con el uso de regletas hasta el uso de un ordenador por medio de simuladores para construir gráficas o para comprender el comportamiento de la variación de las funciones trigonométricas o racionales, o para mostrar el comportamiento de estructuras de ingeniería e inclusive para diseñar diferentes tipos de herramientas, y por qué no, hasta juegos que permiten hacer divertido el proceso de aprendizaje de las matemáticas. Los recursos que la red nos ofrece no son la solución, pero si ayudan, pues la práctica nos ha demostrado que los estudiantes mejoran su rendimiento y adquieren más conocimientos cuando se dedica el tiempo suficiente para experimentar las matemáticas bajo nuevos enfoques y técnicas.


Ahora se cuentan con recursos para enseñar cualquier cosa, pues con el surgimiento de las nuevas tendencias en cuanto a didáctica de cómo enseñar (desde el cognitivismo de Piaget, el conductismo de Watson, y el constructivismo de Vygotsky y Ausubel) que nos muestran que además hay que contar con otros recursos que se deben tomar en cuenta para enseñar matemáticas como la “inteligencia emocional”, los “estilos de aprendizaje”, las “zonas de desarrollo próximo”, que en conjunto hacen posible la maduración intelectual del joven estudiante.

Es bien cierto que tenemos que avanzar a pasos enormes para que las matemáticas sean más significativas para nuestros alumnos. La reforma educativa que se pretende llevar a cabo a nivel medio superior, se perfila interesante, con la condicionante de que todos los involucrado pongan su granito de arena: autoridades, instituciones, profesores, que se destinen los recursos económicos suficientes y a tiempo para que los maestros que pretenden estar frente a grupo tengan la preparación acorde a esta reforma, que se tomen en cuenta tanto los logros académicos alcanzados por docentes y sus alumnos con estímulos que se reflejen en los salarios, que exista una verdadera motivación a la dedicación que el profesor le ofrece a sus alumnos y a su planeación didáctica. No olvidar que la mayoría de los profesores que enseñamos en el nivel medio superior somos de origen profesionistas de carreras diferentes a la docencia, y que lo más valioso que tenemos es la experiencia que adquirimos con el paso de los años y que hay quienes deben invertir sus escasos recursos en su propia formación y actualización.

Por ello sería conveniente que la RIEMS contemplara un programa permanente de profesionalización de la docencia con carácter obligatorio para todo aquel que trabaja en una preparatoria. Queremos ser maestros bien preparados tanto en el área de las matemáticas como en las nuevas corrientes psico-pedagógicas de enseñanza-aprendizaje. Los beneficios se verán reflejados en los alumnos y a mediano plazo en la sociedad en general.

viernes, 8 de agosto de 2008

Mi confrontación con la docencia

Cuántas veces hemos sentido que en México necesitamos mucho más que una reforma educativa. Y no es que estemos descubriendo el hilo negro: nuestros alumnos nos lo hacen sentir cada vez que la escuela no es más que un refugio donde se reúnen con sus iguales, para escapar de los problemas de casa. He llegado a pensar que las preparatorias deberían ser una combinación de empresa-escuela, autosuficientes, donde los maestros y alumnos combinaran la teoría con la práctica de manera productiva.

Dentro del Cobach en Baja California hemos transitado ya por varias reformas. Hay mucho camino andado que han dejado buenas experiencias. Desde 1993, cuando iniciábamos con la didáctica crítica, pasando por la reestructuración de 1997 donde ya se consolidaron los programas con conocimientos, habilidades, actitudes y valores. Después en el 2003, se inicia con competencias en las capacitaciones para el trabajo, pero sobre todo con la evaluación académica a través del examen sumario. Estos fueron pasos sólidos que no deben ser desaprovechados. En todo esto hemos participado los docentes, y somos co-responsables del desarrollo académico institucional.

Nunca ha sido fácil y hemos tenido que sortear todo tipo de obstáculos: iniciar cuando aún no se tienen todos los elementos conjugados e ir recomponiendo en el camino; trabajar unos maestros pegados a los viejos modos y otros tratando de hacer los cambios, que siempre se quedan a medias; la falta de trabajo colegiado aunado al poco respeto a los acuerdos tomados en academias, además de afectar a los alumnos cuando se quedan entre un plan y otro, etc.

Da gusto percatarse, que cuando en México se han perdido tantos valores, los maestros mexicanos no hemos perdido el amor a nuestra patria. Se nota en sus preocupaciones por los alumnos, por nuestra economía, por los valores que está viviendo nuestra sociedad, por nuestro futuro. Sabemos de las grandes posibilidades que tiene el país, por su situación geográfica, por su patrimonio cultural, por el temperamento alegre y abierto de su gente; y sin embargo, la pobreza que cada día se acrecienta. ¿Malos gobiernos? ¿Malas decisiones? ¿Políticas corruptas? Y sobre todo la idea que nos hemos metido en la cabeza de que esto no está en nuestras manos y que no podemos hacer nada.

A pesar de todo, yo veo que nos acercamos más a una profesionalización del arte docente, donde ya cada maestro no hace lo que quiere en el aula y con su grupo, sino que ha de responder a un sistema bien estructurado que da razón de su quehacer dentro del aula. Y por supuesto que también está la algarabía de la adolescencia que siempre nos vuelve a atrapar con sus risas, con sus ocurrencias, con su deseo genuina de llegar a ser mismo que le da sentido a nuestra labor.

MI AVENTURA COMO PROFESORA


1977. Recién me había recibido de Arquitecto (por aquellos años no había arquitectas, y la Real Academia de la Lengua no había aprobado el uso de la “a” en ciertas profesiones), me casé y llegué a vivir a un pequeño pueblo de apenas 8,000 habitantes. Era un lugar bello donde se unía el desierto y el mar.

Aunque la distancia a Mexicali, es tan solo de dos horas de camino, aquí se vivía de manera muy precaria: no había ni radio, ni televisión y las primeras líneas telefónicas apenas se habían instalado. Tampoco eran muchas las casas formales, como las que estamos acostumbrados a ver en cualquier lugar. La mayoría de las familias habían construido sus casas de una manera peculiar: un par de habitaciones de tamaño regular, donde una hacía las veces de cocina-comedor y la otra de recamara. Eso si, en el frente de la casa siempre había una “ramada” que no era otra cosa que un tejaban techado con palma; este era en realidad el lugar de convivencia. La posición socio-económica de la familia se mostraba según el tamaño de la ramada. El baño, por supuesto estaba afuera de la casa: el escusado de pozo por un lado, y un cuartito de madera mal tapado que venía siendo la regadera. Por las mañanas, era común ver a la gente lavándose los dientes afuera en el patio con su vaso de agua y escupiendo en el suelo.

Había dos escuelas primarias y dos secundarias. Una de estas secundarias en particular, técnica pesquera, tenía internado para varones, con muy buenas instalaciones. Esa era la máxima educación formal a la que un chico de estas latitudes podía aspirar. Siendo hijos de pescadores, con la poca educación que sus padres habían recibido, no había más futuro para ellos que la de seguir la vocación de sus padres y abuelos.

Pronto mi esposo y yo nos dimos cuenta que si ese era el lugar en el que queríamos vivir, algo tendríamos que hacer para que nuestros hijos pudieran crecer y desarrollarse por lo menos hasta que cumplieran 18 años. Nosotros dos habíamos tenido que dejar nuestra casa a los 15 años para salir a estudiar, y teníamos la experiencia, de que al volver a casa en las vacaciones, la vida y las cosas habían cambiado de tal manera que nos llegamos a sentir como de visita en la casa de nuestros padres.

Así fue que a los pocos meses, iniciamos la aventura de formar una preparatoria. Nunca nos imaginamos los retos a los que nos enfrentábamos pero en septiembre de 1977 iniciamos clases. Recuerdo que me tocó inscribir a los primeros alumnos. Yo era la maestra de matemáticas. Mi instrucción para iniciar clases fue un pequeño cuadernito de Anuies que contenía el programa de estudios. No había indicaciones de cómo iniciar, ni que hacer en casos de que los alumnos preguntaran impertinencias o se comportaran de forma inadecuada. No había ningún otro maestro a quien se pudiera uno acercar para tomar un consejo y aclarar las dudas que se venían en alubión. Llegué al salón fingiendo un aplomo que estaba muy lejos de tener. Mi miedo no era a la asignatura, sino a la conducta de los adolescentes. Yo había sido alumna de una preparatoria del Estado en Guadalajara, y la conducta de los bachilleres en esos tiempos realmente era de temer.

En cada clase ponía mi mejor empeño en ser una buena maestra: pero me sacaba de mis casillas el supra-bajísimo nivel de mis alumnos. No sabían ni siquiera hablar correctamente, no podían comprender lo que leían mucho menos sabían las tablas de multiplicar o el significado de una fracción. Muchas veces me preguntaba hasta dónde era aceptable reducir el nivel académico, si ésta era una clase de preparatoria. Nunca pasó por mi mente, que tal vez yo podría estar mal en la manera de impartir mi materia.

Ningún maestro tuvo sueldo durante los primeros ocho años. Todo era convencer: a los pocos profesionistas para que donaran una hora de trabajo diario dando clases, a las escuelas ya establecidas para que nos prestaran las aulas por la noche, a los pescadores para que donaran una parte de la venta para mantener una secretaria y un intendente, pagar cuotas a la Universidad por la incorporación etc., y a los alumnos para que no abandonaran la escuela .

Poca gente entendió entonces de lo que se trataba. Creo que en algún momento hasta nos vieron como los enemigos: sus hijos se estaban alborotando a irse del puerto a continuar estudios superiores y les causaba miedo. Los muchachos ya no les ayudarían en la pesca, y les costaría bastante su estancia fuera de casa. Además, decían, la pesca era mejor negocio que ser profesionista: ellos tenían mejores autos que nosotros, porque en una buena temporada recibían cantidades fuertes.

Por fín se graduó la primera generación: 3 alumnos. Me preguntaba yo si todo el esfuerzo valía la pena. ¿Y mi carrera de arquitectura, donde quedaba? En ese lugar parecía que nadie necesitaba un arquitecto. Los primeros trabajos profesionales se reducían a dibujar planos constructivos solamente para presentarlos como requisito, pero a la hora de construir, hacían lo que querían como si los planos no sirvieran para nada. Cuando alguno se animó a que le diseñara su casa y se construyera bajo mi supervisión, (eso de confiar a una mujer la construcción de la propia casa no era cosa fácil, tal vez lo hizo porque no había mas arquitecto que yo) el constructor se quejó diciendo que esa arquitecta era “muy idiática”.

La verdad es que me sentí muchas veces fuera de lugar. Sin embargo, tenía plena seguridad que mi labor en la escuela era sin duda importante. Si nosotros no lo hacíamos, entonces muchos de los maestros voluntarios renunciarían también y los muchachos se quedarían una vez más sin oportunidad de elegir y conformar su propio estilo de vida.

Después de 10 años de trabajo docente, llegó a la escuela Jorge, el hijo de una de mis mejores amigas: un jovencito muy trabajador e inteligente, a quien le tenía (y aún le tengo) un gran aprecio, pues en los años anteriores, cuando yo tenía que ir a dar clases por la noche, él y su hermano menor cuidaban a mis dos hijos pequeños, formándose entre ellos un cariño muy especial. Para entonces ya atendía varios grupos. De pronto, me descubrí que no preparaba mis clases de igual forma para todos los grupos, sino que en el salón de Jorge yo me esmeraba por explicar la clase de manera especial, con ejemplos y ejercicios más cuidados, donde el nivel se incrementaba poco a poco, para que Jorge tuviera esa sensación de éxito que hace mover la voluntad. Al darme cuenta de esta realidad, sentí vergüenza interior, al pensar en cuantos alumnos había reprobado y hecho a un lado por mi falta de prudencia y de cariño sincero a cada uno de ellos. De verdad, mi vergüenza era profunda. Fue un semestre decisivo que me enfrentó a la necesidad de hacer un cambio rotundo en mi forma de ser profesora: Decidí que intentaría ser igual de cuidadosa en todas mis clases, estuviera quien estuviera. Tampoco enjuiciaría sus preguntas, dudas y errores. Me proponía a ayudarles a aprender.

Una vez alguien me preguntó que cuál era mi objetivo al estar trabajando en esa escuela, que tan sólo estaba perdiendo mi tiempo y robándoles a mis hijos la oportunidad de una mejor vida. Le respondí que no era justo desear solo para mis hijos algo bueno, que deseaba ver un día un autobús lleno de alumnos ir de San Felipe a Mexicali a la Universidad. Pensaba que si mis alumnos vivían la experiencia de asistir a una facultad, aunque ellos no alcanzaran a terminar una carrera, cuando fueran padres intentarían con todas sus fuerzas que sus hijos si lo lograran. Poco tiempo después, tuve que estar un viernes en Mexicali, haciendo trámites del plantel. Fue un día de mucho trabajo y me desocupé tarde. Ya de noche fuí a la Central Camionera a comprar mi boleto para regresar a San Felipe. Mi sorpresa fue grande cuando me dijeron que tendría que viajar parada, porque no había asientos, ya que lo normal era que sobraran asientos y uno elegía el lugar donde se quería sentar. Me fui al andén, a buscar el autobús, y poco a poco comencé a ver caras familiares. Los saludos y abrazos no se hicieron esperar: eran mis exalumnos que estudiaban ya en la Universidad y regresaban a sus casas de fín de semana. Ellos me platicaban a raudales sus experiencias, igual lo bueno y lo malo: lo que batallaban, las reprobadas, los éxitos, sus primeros trabajos, los noviazgos, etc. En aquel autobús no cabía una pizca más de alegría, orgullo y satisfacción.

El proceso de formarme como maestra ha sido muy lento. Demasiado lento. Han pasado más de treinta años y sigo reprobando alumnos. Me duele porque se que si ellos no aprendieron es muy probable que yo tampoco cumplí con mi tarea de enseñar bien. La diferencia es que ahora estoy más abierta a escucharlos, a ayudarlos, a darles las asesorías que requieren, a volver a hacer el examen. Reconozco que ellos están en formación, y que requieren de nuestro apoyo continuo. El ejercicio de mi profesión también creció. He tenido la oportunidad de construir obras que si no son tan grandes como las que hay en una ciudad, si son bellas y funcionales. Me siento feliz y satisfecha con el ejercicio de mi carrera de arquitectura, pues a base de esfuerzo y trabajo me he ganado una buena reputación como profesional de la construcción. En cierta ocasión, cuando inaugurábamos una residencia, al felicitarme me dijeron que era muy probable que esa obra estuviera en pié muchos años después de mi muerte. Me sentí muy contenta con el cumplido. Sin embargo, hoy reconozco que es más importante mi trabajo en la escuela: ahí no se construyen casas, se construyen vidas.

Creo que soy muy afortunada de seguir viviendo en San Felipe. Muchos de aquellos bachilleres han regresado ya como profesionistas. Me los encuentro por todas partes. Este lugar se ha transformado. Todavía no hay ni radio y la televisión sólo se ve por satélite, pero ya tomó categoría de ciudad. Hace cuatro años, la Universidad Autónoma de Baja California abrió aquí una extensión de la facultad de Contabilidad y Administración y está por egresar la primera generación de Contadores Públicos. ¡Y son muchos más que tres!

Me preparo para el retiro. Creo que también debe ser un prudente y darse cuenta que los adolescentes necesitan maestros que además de conocimientos tengan suficiente energía física. En el plantel ya hay en este momento además de tres empleados administrativos, cinco maestros jóvenes que fueron nuestros alumnos. Una de ellas es hoy subdirectora del plantel. Segura estoy que ellos superarán mis expectativas.

INICIANDO EL MÓDULO 2

RESPONSABILIDADES DOCENTES EN LOS ALBORES DE UN NUEVO MILENIO

Recuerdo que inicié estos estudios con entusiasmo pero también con algo de miedo: No estoy tan actualizada en el uso de los programas de cómputo y de la comunicación en línea y no sabía si sería capaz de mantenerme en el ritmo de trabajo requerido por la especialidad. Temía también a un curso impersonal a través de una máquina. Pero el primer módulo me sorprendió: reflexionar sobre mi aventura de ser docente, me hizo consciente que he recibido un regalo de vida al tener la oportunidad de ser parte protagónica en la transformación de los adolescentes al abrirse camino y futuro. El compartir estas experiencias entre los compañeros maestros fue enriquecedor en todos los sentidos, de inmediato nos comenzamos a sentir identificados y así iniciamos esta “nueva aventura” que, como en el Éxodo, nos conduce de profesores del siglo pasado a docentes del Siglo XXI.

En el segundo módulo continuamos con la introspección: ¿Cómo han afectado mi vida de estudiante y de maestro las distintas tendencias educativas que hemos vivido en México? ¿Hacia dónde han conducido a nuestra sociedad? ¿Tiene sentido esta nueva reforma? ¿Qué está sucediendo en el ámbito de la educación en otros países? Muchas, demasiadas preguntas. En lo particular sentí pena al darme cuenta que el mundo había avanzado en sus métodos educativos y que nuestro México se había quedado en la retaguardia. Y luego, la frase que muchos repetíamos: “¿Por qué hasta ahora?” Pero el modelo basado en Competencias nos convenció y nos hizo reflexionar una vez más en nuestras competencias como docentes.

En el trabajo escolar coinciden el alumno (y el grupo), el currículo, y el maestro. De ahí que se generen una multiplicidad de situaciones de vida que muchas veces los docentes desperdiciamos. Nos descubrimos que en muchas ocasiones el currículo (cuando no el maestro) es quien toma el papel protagónico dentro del aula. Qué importante resulta reconocer cómo se dan las interacciones dentro del aula y cómo se conjuga lo humano con la teoría y la práctica de la propia asignatura. De ser así, el currículo no solamente sería una propuesta educativa, sino que también implicaría la práctica pedagógica: el aprender a aprender, el aprender a ser y el aprender a hacer, es decir la formación de competencias, tanto en el alumno como en el docente.

Al adentrarnos en los cambios que propone la RIEMS y empezar a comprender el impacto que pueden tener las TICS en el campo escolar, abrió todo un nuevo panorama en mi perspectiva sobre las oportunidades que ofrecen los medios de comunicación electrónica. En lo particular me emociona pensar en una escuela de dimensiones universales, donde todos los involucrados en la escuela – maestros, alumnos, directivos y hasta los expertos como lo son científicos, empresarios, artistas, etc.-- estamos en posibilidades de compartir experiencias, y generar nuevos conocimientos y habilidades. Es un mundo diferente que requiere de un tipo de escuela distinto: una oportunidad y un reto. Por un lado la urgente necesidad del país de que nuestros jóvenes se formen con valores humanos: que sean “PERSONAS”. Por otro lado, un mundo globalizado, tan lejos de la realidad de nuestra juventud, en una continua y vertiginosa transformación. Y en medio quedamos nosotros, los docentes en quienes recae esta gigantesca responsabilidad de hacer realidad la incorporación de nuestros adolescentes a la época que les ha tocado vivir.

Reconozco que una de mis principales debilidades es el desconocimiento de cómo hacer una planeación académica para un modelo educativo basado en competencias y que deseo aprender pronto, pues reconozco que éste es un punto medular de todo el proceso enseñanza-aprendizaje. Y junto con ello va el cómo evaluar aprendizajes dentro de este mismo modelo. Tal vez me parece en este momento más difícil el evidenciar aprendizajes en un modelo de competencias que el proceso de planeación. Por otro lado, también me percato de no haberle dado el tiempo y la importancia debida a evaluar los propios planes de clase y otras actividades docentes, como por ejemplo, evaluar los exámenes que diseño u otras actividades de evaluación que se realizan en clase.

Tampoco sé como mediar en situaciones de conflicto… cuando se presenta alguna situación problemática es más fácil enviar a los involucrados a Orientación Educativa que tratar de ser mediador, aunque al analizarlo sí encuentro momentos en que he actuado responsablemente tratando de ser instrumento de conciliación. Pero seguro que me resulta más cómodo no participar.Pero también tengo mis fortalezas: Tengo muy claro la importancia de la planeación ligada a la evaluación del logro de los aprendizajes al igual que buscar la forma como los conocimientos que se van estructurando dentro del aula se hacen realidad en distintos contextos de la vida de los alumnos. Me parece importantísimo el trabajo de retroalimentación, y que resulta ser parte de la evaluación formativa. Para ello, es necesario el dominio por parte del docente tanto de la asignatura como de las repercusiones que tiene su inserción en el Plan de Estudios. Sobre todo está la ética docente: ese compromiso sentido de que nuestra actuación siempre está siendo valorada por nuestros grupos y que nuestras conductas se reproducen en ellos. De ahí que nuestra responsabilidad social sea aún mayor.