1977. Recién me había recibido de Arquitecto (por aquellos años no había arquitectas, y la Real Academia de la Lengua no había aprobado el uso de la “a” en ciertas profesiones), me casé y llegué a vivir a un pequeño pueblo de apenas 8,000 habitantes. Era un lugar bello donde se unía el desierto y el mar.
Aunque la distancia a Mexicali, es tan solo de dos horas de camino, aquí se vivía de manera muy precaria: no había ni radio, ni televisión y las primeras líneas telefónicas apenas se habían instalado. Tampoco eran muchas las casas formales, como las que estamos acostumbrados a ver en cualquier lugar. La mayoría de las familias habían construido sus casas de una manera peculiar: un par de habitaciones de tamaño regular, donde una hacía las veces de cocina-comedor y la otra de recamara. Eso si, en el frente de la casa siempre había una “ramada” que no era otra cosa que un tejaban techado con palma; este era en realidad el lugar de convivencia. La posición socio-económica de la familia se mostraba según el tamaño de la ramada. El baño, por supuesto estaba afuera de la casa: el escusado de pozo por un lado, y un cuartito de madera mal tapado que venía siendo la regadera. Por las mañanas, era común ver a la gente lavándose los dientes afuera en el patio con su vaso de agua y escupiendo en el suelo.
Había dos escuelas primarias y dos secundarias. Una de estas secundarias en particular, técnica pesquera, tenía internado para varones, con muy buenas instalaciones. Esa era la máxima educación formal a la que un chico de estas latitudes podía aspirar. Siendo hijos de pescadores, con la poca educación que sus padres habían recibido, no había más futuro para ellos que la de seguir la vocación de sus padres y abuelos.
Pronto mi esposo y yo nos dimos cuenta que si ese era el lugar en el que queríamos vivir, algo tendríamos que hacer para que nuestros hijos pudieran crecer y desarrollarse por lo menos hasta que cumplieran 18 años. Nosotros dos habíamos tenido que dejar nuestra casa a los 15 años para salir a estudiar, y teníamos la experiencia, de que al volver a casa en las vacaciones, la vida y las cosas habían cambiado de tal manera que nos llegamos a sentir como de visita en la casa de nuestros padres.
Así fue que a los pocos meses, iniciamos la aventura de formar una preparatoria. Nunca nos imaginamos los retos a los que nos enfrentábamos pero en septiembre de 1977 iniciamos clases. Recuerdo que me tocó inscribir a los primeros alumnos. Yo era la maestra de matemáticas. Mi instrucción para iniciar clases fue un pequeño cuadernito de Anuies que contenía el programa de estudios. No había indicaciones de cómo iniciar, ni que hacer en casos de que los alumnos preguntaran impertinencias o se comportaran de forma inadecuada. No había ningún otro maestro a quien se pudiera uno acercar para tomar un consejo y aclarar las dudas que se venían en alubión. Llegué al salón fingiendo un aplomo que estaba muy lejos de tener. Mi miedo no era a la asignatura, sino a la conducta de los adolescentes. Yo había sido alumna de una preparatoria del Estado en Guadalajara, y la conducta de los bachilleres en esos tiempos realmente era de temer.
En cada clase ponía mi mejor empeño en ser una buena maestra: pero me sacaba de mis casillas el supra-bajísimo nivel de mis alumnos. No sabían ni siquiera hablar correctamente, no podían comprender lo que leían mucho menos sabían las tablas de multiplicar o el significado de una fracción. Muchas veces me preguntaba hasta dónde era aceptable reducir el nivel académico, si ésta era una clase de preparatoria. Nunca pasó por mi mente, que tal vez yo podría estar mal en la manera de impartir mi materia.
Ningún maestro tuvo sueldo durante los primeros ocho años. Todo era convencer: a los pocos profesionistas para que donaran una hora de trabajo diario dando clases, a las escuelas ya establecidas para que nos prestaran las aulas por la noche, a los pescadores para que donaran una parte de la venta para mantener una secretaria y un intendente, pagar cuotas a la Universidad por la incorporación etc., y a los alumnos para que no abandonaran la escuela .
Poca gente entendió entonces de lo que se trataba. Creo que en algún momento hasta nos vieron como los enemigos: sus hijos se estaban alborotando a irse del puerto a continuar estudios superiores y les causaba miedo. Los muchachos ya no les ayudarían en la pesca, y les costaría bastante su estancia fuera de casa. Además, decían, la pesca era mejor negocio que ser profesionista: ellos tenían mejores autos que nosotros, porque en una buena temporada recibían cantidades fuertes.
Por fín se graduó la primera generación: 3 alumnos. Me preguntaba yo si todo el esfuerzo valía la pena. ¿Y mi carrera de arquitectura, donde quedaba? En ese lugar parecía que nadie necesitaba un arquitecto. Los primeros trabajos profesionales se reducían a dibujar planos constructivos solamente para presentarlos como requisito, pero a la hora de construir, hacían lo que querían como si los planos no sirvieran para nada. Cuando alguno se animó a que le diseñara su casa y se construyera bajo mi supervisión, (eso de confiar a una mujer la construcción de la propia casa no era cosa fácil, tal vez lo hizo porque no había mas arquitecto que yo) el constructor se quejó diciendo que esa arquitecta era “muy idiática”.
La verdad es que me sentí muchas veces fuera de lugar. Sin embargo, tenía plena seguridad que mi labor en la escuela era sin duda importante. Si nosotros no lo hacíamos, entonces muchos de los maestros voluntarios renunciarían también y los muchachos se quedarían una vez más sin oportunidad de elegir y conformar su propio estilo de vida.
Después de 10 años de trabajo docente, llegó a la escuela Jorge, el hijo de una de mis mejores amigas: un jovencito muy trabajador e inteligente, a quien le tenía (y aún le tengo) un gran aprecio, pues en los años anteriores, cuando yo tenía que ir a dar clases por la noche, él y su hermano menor cuidaban a mis dos hijos pequeños, formándose entre ellos un cariño muy especial. Para entonces ya atendía varios grupos. De pronto, me descubrí que no preparaba mis clases de igual forma para todos los grupos, sino que en el salón de Jorge yo me esmeraba por explicar la clase de manera especial, con ejemplos y ejercicios más cuidados, donde el nivel se incrementaba poco a poco, para que Jorge tuviera esa sensación de éxito que hace mover la voluntad. Al darme cuenta de esta realidad, sentí vergüenza interior, al pensar en cuantos alumnos había reprobado y hecho a un lado por mi falta de prudencia y de cariño sincero a cada uno de ellos. De verdad, mi vergüenza era profunda. Fue un semestre decisivo que me enfrentó a la necesidad de hacer un cambio rotundo en mi forma de ser profesora: Decidí que intentaría ser igual de cuidadosa en todas mis clases, estuviera quien estuviera. Tampoco enjuiciaría sus preguntas, dudas y errores. Me proponía a ayudarles a aprender.
Una vez alguien me preguntó que cuál era mi objetivo al estar trabajando en esa escuela, que tan sólo estaba perdiendo mi tiempo y robándoles a mis hijos la oportunidad de una mejor vida. Le respondí que no era justo desear solo para mis hijos algo bueno, que deseaba ver un día un autobús lleno de alumnos ir de San Felipe a Mexicali a la Universidad. Pensaba que si mis alumnos vivían la experiencia de asistir a una facultad, aunque ellos no alcanzaran a terminar una carrera, cuando fueran padres intentarían con todas sus fuerzas que sus hijos si lo lograran. Poco tiempo después, tuve que estar un viernes en Mexicali, haciendo trámites del plantel. Fue un día de mucho trabajo y me desocupé tarde. Ya de noche fuí a la Central Camionera a comprar mi boleto para regresar a San Felipe. Mi sorpresa fue grande cuando me dijeron que tendría que viajar parada, porque no había asientos, ya que lo normal era que sobraran asientos y uno elegía el lugar donde se quería sentar. Me fui al andén, a buscar el autobús, y poco a poco comencé a ver caras familiares. Los saludos y abrazos no se hicieron esperar: eran mis exalumnos que estudiaban ya en la Universidad y regresaban a sus casas de fín de semana. Ellos me platicaban a raudales sus experiencias, igual lo bueno y lo malo: lo que batallaban, las reprobadas, los éxitos, sus primeros trabajos, los noviazgos, etc. En aquel autobús no cabía una pizca más de alegría, orgullo y satisfacción.
El proceso de formarme como maestra ha sido muy lento. Demasiado lento. Han pasado más de treinta años y sigo reprobando alumnos. Me duele porque se que si ellos no aprendieron es muy probable que yo tampoco cumplí con mi tarea de enseñar bien. La diferencia es que ahora estoy más abierta a escucharlos, a ayudarlos, a darles las asesorías que requieren, a volver a hacer el examen. Reconozco que ellos están en formación, y que requieren de nuestro apoyo continuo. El ejercicio de mi profesión también creció. He tenido la oportunidad de construir obras que si no son tan grandes como las que hay en una ciudad, si son bellas y funcionales. Me siento feliz y satisfecha con el ejercicio de mi carrera de arquitectura, pues a base de esfuerzo y trabajo me he ganado una buena reputación como profesional de la construcción. En cierta ocasión, cuando inaugurábamos una residencia, al felicitarme me dijeron que era muy probable que esa obra estuviera en pié muchos años después de mi muerte. Me sentí muy contenta con el cumplido. Sin embargo, hoy reconozco que es más importante mi trabajo en la escuela: ahí no se construyen casas, se construyen vidas.
Creo que soy muy afortunada de seguir viviendo en San Felipe. Muchos de aquellos bachilleres han regresado ya como profesionistas. Me los encuentro por todas partes. Este lugar se ha transformado. Todavía no hay ni radio y la televisión sólo se ve por satélite, pero ya tomó categoría de ciudad. Hace cuatro años, la Universidad Autónoma de Baja California abrió aquí una extensión de la facultad de Contabilidad y Administración y está por egresar la primera generación de Contadores Públicos. ¡Y son muchos más que tres!
Me preparo para el retiro. Creo que también debe ser un prudente y darse cuenta que los adolescentes necesitan maestros que además de conocimientos tengan suficiente energía física. En el plantel ya hay en este momento además de tres empleados administrativos, cinco maestros jóvenes que fueron nuestros alumnos. Una de ellas es hoy subdirectora del plantel. Segura estoy que ellos superarán mis expectativas.